La inteligencia artificial generativa ha dejado de ser una promesa futurista
Es una realidad que ya está transformando nuestras vidas. Automatiza tareas, acelera procesos y abre puertas a nuevas oportunidades, pero también empieza a cerrar otras, especialmente para quienes están dando sus primeros pasos en el mundo laboral.
Un estudio reciente del Laboratorio de Economía Digital de Stanford, basado en millones de datos de nómina de ADP hasta julio de 2025, ofrece una radiografía contundente: los jóvenes profesionales de entre 22 y 25 años que trabajan en sectores donde la IA se usa de forma intensiva —como el desarrollo de software o la atención al cliente— han visto desaparecer entre un 6 % y un 13 % de empleos desde finales de 2022.
El contraste es llamativo. Mientras las posiciones más expuestas a la automatización se reducen, otras profesiones que dependen más de la experiencia práctica y las habilidades sociales, como los auxiliares de enfermería, se mantienen estables o incluso muestran crecimiento. La explicación es sencilla: la IA sustituye tareas rutinarias y conocimiento estandarizado, pero aún no logra replicar la empatía, el juicio humano ni la adaptabilidad que requieren muchos trabajos del día a día.
El impacto, además, no es el mismo en todas partes. Las pérdidas se concentran en grandes centros urbanos tecnológicos como Silicon Valley, Nueva York, São Paulo o Ciudad de México, donde la adopción de IA avanza más rápido y con mayor intensidad. En regiones con menos densidad tecnológica, la exposición es menor y las oportunidades para los jóvenes se sostienen con algo más de estabilidad.
Lo curioso es que los salarios no han caído. Las empresas no están recortando sueldos, sino contratando con más cautela. Y aquí aparece la paradoja: los jóvenes no solo enfrentan la pérdida de empleos, también el bloqueo de sus trayectorias. Menos contrataciones significa menos puestos de entrada, y menos puestos de entrada significa menos posibilidades de crecer profesionalmente. El problema no es solo inmediato: es estructural.
El mensaje de Stanford es claro. Si no se rediseñan la educación y la formación, y si no se crean políticas que acompañen esta transición, corremos el riesgo de excluir a toda una generación del futuro del trabajo. Eso implica universidades que fomenten el pensamiento crítico y la creatividad más allá de la teoría, empresas que apuesten por la formación continua como herramienta estratégica y gobiernos que construyan redes de seguridad que amortigüen las transiciones.
Porque el debate no es únicamente tecnológico. Es profundamente humano. La IA nos desafía a decidir qué valoramos en las personas y cómo aseguramos que los jóvenes —que hoy ven cerrarse las puertas de su primer empleo— tengan un lugar real en la economía que viene. Y si algo queda claro, es que el futuro del trabajo no se trata solo de algoritmos, sino de asegurarnos de que nadie quede fuera de él.
Fuentes:
https://www.sfgate.com/tech/article/ai-young-workers-stanford-research-21018323.php?utm_source.com



